
Vivir hiperconectados tiene un efecto secundario: nos hemos acostumbrado a rellenar cada segundo con palabras, mensajes y respuestas rápidas. En ocasiones, el silencio nos incomoda; lo vivimos como un vacío que urge llenar de inmediato.
Sin embargo, la ausencia de palabras no es la nada: es otra manera de comunicar. En el día a día de una organización, un silencio comunica mucho más de lo que nos imaginamos.
Pensemos en situaciones cotidianas...
Ese momento en el que se lanza una pregunta importante en una reunión y ninguno de los participantes da una respuesta inmediata: inicialmente podemos pensar que es desinterés, pero lejos de eso, es el tiempo que necesita nuestro cerebro para procesar la información recibida.
O cuando se traslada una medida impopular por un canal de comunicación de todo el equipo y se hace un silencio absoluto, sin que nadie envíe una respuesta: rara vez esa ausencia de mensaje es aprobación; casi siempre refleja distancia, resignación o incomodidad.
¿Y qué pasa cuando damos o recibimos un feedback delicado y, tras el mensaje, hay unos segundos de silencio antes de la respuesta? Es el tiempo que permite digerir la emoción y frenar una respuesta defensiva inmediata.
Igual que esto, el silencio comunica en infinidad de ocasiones. ¿Te acuerdas de alguna situación en la que el silencio dijo más que las palabras?
En un entorno laboral donde parece obligatorio tener una contestación para todo, aprender a valorar una buena pausa es, al final, una cuestión de madurez y de saber escuchar lo que no se dice.