
¿Sabes qué es un sesgo?
Habitualmente escuchamos esta palabra en infinidad de contextos, pero en ocasiones no nos termina de quedar claro qué es exactamente.
Si nos vamos a la neurociencia, ésta define un sesgo como un patrón de conectividad sináptica preestablecido (un atajo heurístico o un modelo predictivo) que prioriza las vías neuronales más usadas, rápidas y automatizadas frente al procesamiento analítico profundo.
Pero… ¿Qué quiere decir esto?
Dicho de forma sencilla, las personas tendemos a repetir las mismas formas de pensar y decidir porque nuestro cerebro prefiere recurrir a aquello que ya conoce antes que dedicar tiempo y energía a analizar la información nueva paso a paso. En la práctica diaria, esto se traduce en que, ante una situación compleja, recurrimos a conclusiones automáticas en lugar de parar y valorar los datos de forma objetiva.
Al fin y al cabo, todo responde a esa misma necesidad de ahorro energético: el cerebro activa distintos patrones de forma inconsciente según la situación, dando lugar a sesgos tan habituales en nuestro día a día como el de confirmación, el de disponibilidad o el efecto halo.
Como esta tendencia está grabada en nuestra biología, los sesgos no se eliminan a base de buena voluntad. La clave para neutralizarlos pasa por diseñar barreras sencillas: desacelerar las decisiones cotidianas tomándonos una pausa antes de dar algo por hecho, entrenar la autoconciencia estimulando el pensamiento crítico, y buscar evidencias en diferentes perspectivas que nos ayuden a contrarrestar nuestros propios puntos ciegos.